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25 octubre, 2024Los científicos definen la microbiota como “el conjunto de los microorganismos (todas las bacterias, arqueas, eucariotas y virus) presentes en un entorno definido”. Como la microbiota varía según su entorno, a la microbiota situada en el tracto intestinal, por ejemplo, se la denominará microbiota intestinal.
Al principio, el término microbioma se empleaba para designar los genes contenidos en los microorganismos. Una definición general del microbioma incluye “el hábitat entero, incluidos los microorganismos (bacterias, arqueas, eucariotes inferiores y superiores y virus), sus genes y las condiciones ambientales exteriores”. Con ánimo de simplificar, el término “microbioma” se utiliza también ahora para definir los microorganismos que se alojan dentro de nuestro cuerpo y sobre nuestro cuerpo (la microbiota).
El desarrollo de la microbiota empieza tras el nacimiento, ya que todos nacemos estériles. Esto significa que la composición de la microbiota está muy influenciada por factores externos, incluyendo las condiciones de nacimiento, la dieta, el entorno o el uso de antibióticos. La microbiota intestinal desempeña 2 funciones vitales: ayudar a regular el suministro de energía y protegernos de “intrusos” (virus y bacterias que generan enfermedades). El 70% de nuestras células inmunes y más de 100 millones de neuronas conectadas con el cerebro viven en nuestro intestino.
La gran comunidad que compone nuestra microbiota intestinal incluye, como mínimo, 1.000 tipos de bacterias, de 1,5 a 2kg de peso. También comprende más de 3,3 millones de genes, lo que supone¡150 veces más que en el genoma humano. La investigación científica sobre la microbiota intestinal está en auge, y expertos de diferentes disciplinas trabajan conjuntamente para mejorar los conocimientos sobre este órgano vital.
En individuos con susceptibilidad genética, el desequilibrio puede dar lugar a patologías de disregulación inmunitaria, incluyendo las enfermedades inflamatorias crónicas del intestino, en las que el sistema inmune reacciona exageradamente frente a antígenos microbianos no nocivos. A pesar de que se dispone de nuevas tecnologías moleculares y genéticas, la composición normal de la microbiota del intestino humano es todavía una gran desconocida. Se esperan avances importantes en los próximos años por la puesta en marcha de proyectos internacionales encaminados a describir con precisión el impacto de la microbiota en diversos procesos fisiológicos y patológicos.
La microbiota también puede estar vinculada a las infecciones por hongos, virus y parásitos y mucha gente se pregunta cómo es posible determinar esto con el test epigenético, cuando algunos son sintomáticos y otros son asintomáticos. La medicina moderna basa inicialmente su diagnóstico en la presentación de síntomas: dolor de cabeza, pensamiento confuso, irritabilidad y/o depresión, fatiga, dolor, sensibilidad, picor peri-anal, sensación de hinchazón abdominal, letárgia… En ocasiones, la mayoría habría pasado por alto el diagnóstico o habría diagnosticado erróneamente este problema tan común. Sin embargo, descubrimos con la epigenética que la demanda de ciertos nutrientes también puede poner de manifiesto la posibilidad de una infección por hongos, por ejemplo. Una demanda nutricional básica sería la deficiencia de Magnesio combinada con algunas otras, como el grupo B.
Siguiendo el mismo ejemplo, los hongos a su vez, producen una neurotoxina y pueden causar los síntomas anteriores. La metionina sintasa tiene unos cuantos compuestos inhibidores potentes y uno es producido por la Cándida. Los subproductos de la Candida albicans incluyen etanol, ácido úrico y amoníaco, pero el más importante es el acetaldehído. El acetaldehído es una neurotoxina que afecta al cerebro, al sistema nervioso y a muchos otros órganos internos, además de dañar los glóbulos rojos y reducir la capacidad de la sangre para transportar oxígeno por el cuerpo. Si el cuerpo no es capaz de procesarlo y eliminarlo de forma eficaz, esta sustancia tóxica puede afectar a numerosos sistemas diferentes y provocar diversos síntomas. El acetaldehído también se produce cuando se consume alcohol y se cree que es la causa principal de la resaca de la mañana siguiente. La Candida albicans produce un subproducto tóxico llamado acetilaldehído. Hay una enzima particular que el cuerpo necesita para convertir el acetaldehído tóxico en acetato inofensivo. Esta enzima se llama Aldehído Deshidrogenasa, y requiere Magnesio para funcionar correctamente. Sin suficiente Magnesio, el cuerpo no puede activar la Aldehído Deshidrogenasa, que por lo tanto es incapaz de descomponer el acetaldehído, lo que a su vez puede conducir a síntomas como dolores de cabeza y fatiga.
Ahora bien, ¿cómo podemos encontrar una asociación con la deficiencia de magnesio y la infección por hongos con el S-Drive?
La mayoría habría pasado por alto el diagnóstico o lo habría descubierto a través de extensos análisis de sangre y sin saber qué encontrar. Ahora, esto establece una serie de problemas a largo plazo. Uno de ellos será el ciclo de metilación porque cuando la alteración de la metionina sintasa causa la deficiencia de vitamina B12 también. Esto perturba el ciclo de la MTHFR y como resultado perturba el ciclo de la MTHFR junto con el ciclo del Folato con el ciclo del BH4 y el ciclo de la Urea. Esto sería el comienzo de una enfermedad crónica del paciente. En este caso de ejemplo, la metabolómica de la expresión de los genes estaría perturbada.
NUEVOS SISTEMAS DE ANÁLISIS DE LA MICROBIOTA INTESTINAL
Hasta hace menos de una década, nuestros conocimientos sobre la composición bacteriana de la microbiota intestinal se basaban principalmente en la información obtenida por cultivo de muestras de heces o de biopsias intestinales. El análisis bacteriológico convencional de la flora fecal por aislamiento de bacterias en medios de crecimiento selectivo demuestra que las bacterias anaerobias estrictas superan en número a las aerobias por un factor de al menos 100 o 1.000 especies anaerobias por cada especie aerobia. Según la metodología tradicional, los géneros predominantes son Bacteroides, Bifidobacterium, Eubacterium, Clostridium, Lactobacillus, Fusobacterium y diversos cocos anaerobios. No obstante, los investigadores siempre han sido conscientes de que la información obtenido por cultivo es incompleta, en primer lugar porque las técnicas de cultivo de anaerobios en el laboratorio tienen muchas limitaciones, y en segundo lugar, porque más del 50% de las células bacterianas observadas mediante examen microscópico de muestras fecales no se recuperan en medios de cultivo.
A lo largo de las últimas dos décadas se han introducido diversas técnicas de biología molecular para identificar y caracterizar las bacterias no cultivables. Las nuevas tecnologías están proporcionando información completamente novedosa sobre el ecosistema del intestino. Por medios electroforéticos se pueden separar el ADN bacteriano en bandas, y cada una de ellas contiene grupos bacterianos con secuencias de ADN parecidas. Este tipo de estudios refleja que cada individuo tiene un patrón de bandas muy característico y estable a lo largo del tiempo. Parece que el patrón o perfil viene determinado en buena parte por el genotipo del propio individuo que selecciona su propia microbiota, en tanto que es más parecido entre hermanos gemelos, aunque ya no convivan, que entre parejas estables que conviven, compartiendo alimentos y alojamiento. Sin embargo, también se detecta claramente la influencia del ambiente, en tanto que los individuos hospitalizados en una misma institución, pierden diversidad, especialmente si están sometidos a tratamiento antibiótico. Otro estudio hospitalario basado en la misma técnica de bandas de ADN ha demostrado que los recién nacidos, que están en su periodo de adquisición de la microbiota, son especialmente sensibles a la influencia del ambiente, ya que presentan una serie de bandas comunes tras su estancia en la unidad de neonatos.
El estudio europeo “MetaHIT” ha definido por primera vez el catálogo completo o casi completo de los genes microbianos que componen el metagenoma humano. El proyecto ha identificado en muestras de heces humanas más de tres millones de genes microbianos, bacterianos en un porcentaje superior al 95%, o de origen viral o eucariota (protozoos, levaduras) en el porcentaje restante. Es interesante el dato de que en cada muestra individual se reconocen unos 600 mil genes microbianos como promedio. La mitad de ellos son genes relativamente comunes a la mayoría de los individuos. El estudio bio-informático del metagenoma ha identificado más de 20.000 funciones biológicas asociadas al catálogo completo de más de 3 millones de genes, y es interesante resaltar que hay unas 6.000 funciones comunes a todos los individuos. En definitiva, la composición bacteriana de la microbiota del intestino humano y su dinamismo funcional concreto todavía hoy encierran muchos enigmas, pero esperamos que los instrumentos moleculares permitan avances importantes en los próximos años.
Como conclusión final, podemos destacar que el intestino humano alberga una comunidad diversa de bacterias comensales, en una relación de simbiosis con el individuo anfitrión, de modo que influye permanentemente en su fisiología. Hay evidencia clara de que las interacciones bacteria-anfitrión en la mucosa del intestino desempeñan un papel muy importante en el desarrollo y regulación del sistema inmune. Si esta interacción no es adecuada, la homeostasis entre la carga antigénica ambiental y la respuesta del individuo puede fallar. Ello puede repercutir en el desarrollo de patologías de desregulación inmunitaria frente a estructuras antigénicas propias, incluyendo la propia microbiota como parece ocurrir en las enfermedades inflamatorias crónicas del intestino.
Con las nuevas tecnologías actuales de ADN y epigenética aplicada, podremos identificar aquellos desequilibrios que alteran la homeostasis celular y provocan alteraciones en la microbiota intestinal. Todo el factor conjunto de alimentación, medio ambiente y emociones (EPIGENÉTICA), determinarán el equilibrio de esta comunidad a la que tanto debemos: la microbiota intestinal.
Por D. Esteban Peiró Monzón




